martes, 15 de noviembre de 2011

La Pulsión de Muerte en el Caballo de Troya

Por: Gregory Bardales Pereyra
Sociólogo


El Mito.

El mito del “Caballo de Troya” se narra en el octavo canto de “La Odisea” (y no en la “Ilíada” como distraídamente se suele asumir). Odiseo tiene la brillante idea de construir un enorme caballo de madera, hueco, dentro del cual se esconde todo un batallón de guerreros griegos (supuestamente, se trata de un regalo para Atenea). El coloso es dejado en la playa, mientras el resto de la armada griega finge partir.

Los troyanos asumen que se trata de una ofrenda religiosa y lo llevan al interior de su fortaleza; realizan una gran celebración, de modo que, cuando la ciudad entera estaba bajo el sueño de la bebida, los griegos salen del caballo y abren las puertas de la ciudad para permitir la entrada al resto de las tropas, luego de lo cual, exterminan a sus enemigos y saquean Troya.


El Caballo de Troya como Metáfora de la Emergencia del Gran Otro.

Para Lacan, el mito del “Caballo de Troya” marca la génesis del Gran Otro y la inclusión del sujeto en el orden simbólico. El lenguaje es un regalo tan peligroso para la humanidad como el “Caballo de Troya”: se ofrece a nosotros de manera gratuita, pero una vez que lo aceptamos, nos coloniza… y nos “descuartiza” (ŽIŽEK: 2007).

En el primer período de la enseñanza de Lacan, el orden simbólico emerge gracias al lenguaje como “asesino de las cosas”, en tanto poder dador de nombres. El nombre para este efecto paradójico de la emergencia del Gran Otro es, por supuesto, pulsión de muerte. La noción lacaniana del significante apunta en este sentido, entendiéndolo como el poder que mortifica/desencarna la sustancia vital, “disecciona” el cuerpo y lo subordina a la constricción de la red significadora[1].

Cuando el ser humano queda atrapado en la red del significante, esta red tiene un efecto mortificante en él, imponiéndole una pérdida traumática (la castración simbólica), éste se convierte en parte de un orden automático ajeno, que altera su equilibrio natural homeostático (en el nivel de lo imaginario), como precio que tiene que pagar para acceder a su deseo.

El sujeto escoge “libremente” a la comunidad a la que (ya) pertenece, escoge lo que ya para él está dado de antemano. El sujeto no existe con anterioridad a esta elección, sino que es constituido por medio de ella. En otras palabras, el sujeto nunca está en posición de escoger: siempre es tratado como si ya hubiera elegido (ŽIŽEK: 1994).

Tenemos aquí la estructura clásica de una “elección forzada”, que define la inclusión del sujeto en la comunidad simbólica. Llegado el momento, la comunidad le dice al sujeto: “tú tienes la libertad de elegir, pero a condición de que elijas lo correcto”. Todos estamos atravesados por la misma paradoja. El sujeto que piensa que puede eludirla y tener verdaderamente libre elección es un sujeto psicótico, que no está verdaderamente inscrito/atrapado en la red significante (ŽIŽEK: 1992).

Diríamos que a los troyanos les hicieron “una oferta que no podían rechazar”, para usar la famosa frase de Vito Corleone en “El Padrino”.

Un "Objeto Sublime".

En el segundo período de la enseñanza de Lacan, la pulsión de muerte es considerada como una “máscara del orden simbólico”.

El “Caballo de Troya” actúa como un “objeto sublime”: un objeto contingente que encarna el bloqueamiento interno de la estructura simbólica, llena con su presencia la falta en el orden simbólico y se ubica fuera del ciclo natural de generación–corrupción (el objet petit a de Lacan), ocupando el lugar de lo sagrado suprasensible. Lo que el Caballo encubre, disimula, mediante su sólida y fascinante presencia no es alguna otra realidad, sino su propio lugar vacío, el lugar sagrado/prohibido de la jouissance.

Este objeto fantasmático hace posible traducir el deseo insondable del Otro en una interpelación positiva[2] y, de esta manera, garantiza la existencia inmarcesible de la totalidad racional; nos permite lidiar con la pérdida primordial de la castración simbólica originada con la entrada del lenguaje, pero al mismo tiempo es una pantalla que nos escuda e impide que nos acerquemos demasiado a la Cosa materna, manteniéndonos a distancia[3]: su presencia fascinante nos “ciega” ante lo Real de lo que encierra.

La fantasía del Caballo no es otra cosa que una construcción imaginaria que permite al sujeto llegar a un acuerdo momentáneo con el núcleo traumático de lo Real. Por esta razón, cuando un objeto de fantasía se aproxima demasiado a la Cosa materna, pierde su poder de fascinación y se transforma en un objeto nauseabundo.

¿No es acaso, el caballo de Troya, una metáfora extraordinaria de la Cosa materna, reprimida a través del falso reconocimiento que opera la fantasía ideológica?

Podemos entender, ahora, por qué los troyanos no examinaron con minuciosidad “científica” al Caballo
 o por qué no lo abrieron para ver que había dentro. El carácter sagrado que los troyanos le atribuían al Caballo, ejercía un poder fascinante sobre ellos, semejante a la fantasía ideológica que estructura la realidad social en las sociedades modernas (el fetichismo de la mercancía en Marx[4]).


La Pulsión de Muerte como “Muerte Simbólica”.

En el tercer período de la enseñanza de Lacan, el orden simbólico lucha por un equilibrio homeostático; sin embargo, aunque tiende hacia su autoconservación (principio de placer), hay en su núcleo, en su centro mismo, un elemento extraño, traumático, que no puede ser integrado: la Cosa presimbólica, materna par excellence, la pulsión de muerte más allá del principio de placer. Por esta razón, la existencia misma del orden simbólico implica su eventual tachadura radical, la “muerte simbólica” o extinción de la red significante.

El Caballo de Troya es un objeto “preñado” de jouissance (los griegos escondidos en su interior): la pulsión de muerte que determina el advenimiento de la “muerte simbólica” (la aniquilación de los troyanos). La caída de Troya puede entenderse como el aniquilamiento radical del tejido simbólico, luego de lo cual se constituye un nuevo orden: la realidad ex nihilo.

BIBLIOGRAFIA

  1. HOMERO (2002). La Odisea. Colección Austral. 31 EDICIÓN.
  2. ŽIŽEK, Slavoj (1994). El Sublime Objeto de la Ideología. Siglo XXI. México, D.F.
  3. ŽIŽEK, Slavoj (1994). Goza tu Síntoma. Nueva Visión. Buenos Aires.
  4. ŽIŽEK, Slavoj (2007). How To Read Lacan. W.W. Norton & Company. New York.


[1] La palabra es pues el asesinato de una cosa, no sólo en el sentido elemental de implicar su ausencia –al darle nombre, la tratamos como ausente, como muerta, aunque todavía esté presente– sino, sobre todo, en el de su disección radical: la palabra “descuartiza” a la cosa, la arranca de su fijación en su contexto concreto, trata a sus partes componentes como entidades con una existencia autónoma: hablamos del color, la forma, el aspecto, etc., como si poseyeran un ser autosuficiente.
[2] Esta es la razón por la cual, la prohibición formal de “hacer una imagen de Dios”, presente en la religión judía, por ejemplo, torna sumamente incierta la “voluntad de Dios”.
[3] Un objeto sublime no puede ser abordado demasiado cerca: si nos acercamos demasiado a él, pierde sus rasgos sublimes y se convierte en un objeto vulgar y común.
[4] Marx desarrolló el concepto de fetichismo de la mercancía a propósito de la ilusión que estructura la realidad del intercambio de mercancías en las sociedades capitalistas, donde los sujetos siguen una ilusión, en la práctica, de percibir a las cosas como imantadas de un poder mágico que las excluye del ciclo natural de generación–corrupción y, por la misma razón, al margen de las relaciones sociales que las producen.

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