POR: GREGORY BARDALES PEREYRA.
En el psicoanálisis lacaniano el sexo pertenece al ámbito de lo Real porque se resiste a su simbolización. Según Lacan, la unidad artificial “sexo” siempre es una unidad fallida y más bien da cuenta de la impotencia común a todas las prácticas discursivas (la “sexualidad”) por domesticar ése núcleo traumático que es el sexo (ŽIŽEK: 1994).
El sin sentido del sexo (el viejo "mete y saca", para decirlo en términos de "Alex", el personaje de Malcolm McDowell en "La Naranja Mecánica" de Stanley Kubrick), queda encubierto eficazmente por el amor romántico. En pocas palabras, podemos seguir creyendo en el sexo gracias al amor. La disfuncionalidad del acto sexual es puesta entre paréntesis gracias a la relación transferencial con el ser amado, una suerte de fetichismo del otro.
Aquí es importante traer a colación el concepto lacaniano del sujeto supuesto creer: uno nunca cree directamente, sino que siempre creemos a través de otro y en otro lugar. Por esta razón, cuando el fetichismo del otro ya no alcanza para garantizar la experiencia sexual, cuando el sujeto supuesto creer revela su inconsistencia, su carácter contingente, su impotencia y su vacuidad, cuando la fantasía ideológica ya no puede esconder lo Real del sexo, el sistema automáticamente desplaza el fetichismo hacia otro lugar.
Continuaremos creyendo en el sexo gracias a las cosas en las cuales el sexo se materializa, en otras palabras, se lleva a cabo el clásico desplazamiento fetichista que Marx advirtió en la transición del feudalismo al capitalismo: del fetichismo de las personas al fetichismo de las cosas.
“… es como si la retirada del Amo en el capitalismo fuera sólo un desplazamiento, como si la desfetichización de las relaciones entre los hombres cosas” se pagara mediante el surgimiento del fetichismo en las “relaciones entre cosas”, mediante el fetichismo de la mercancía.” (ŽIŽEK: 2003: 343)
La necesidad de seguir creyendo en el sexo, aunque en otro lugar, queda perfectamente ilustrado en la escena final del Imperio de los Sentidos (1976) de Nagisa Oshima.
Como parte de su desenfrenada búsqueda de sensaciones sexuales intensas, Sada y su amante deciden llegar hasta el límite de la muerte mientras hacen el amor. Debido a un “error de cálculo”, a Sada se le pasa la mano y termina dando muerte a su amante, luego de lo cual le corta el pene. En la última escena de la película, vemos a Sada vagando sin rumbo, desnuda, con su fetiche en la mano.
Sada se enfrenta al abismo de lo Real, luego de la muerte de su amante. Un abismo que siempre estuvo ahí, que la práctica del sexo nunca logró cerrar. Toda la gama de experimentos sexuales no lograron impedir que lo Real se abra paso con la muerte.
Para Sada, el pene que ha cercenado le permite seguir ligada de alguna forma al hombre que amó, se trata de un gesto poético por conservarlo vivo, por negarse a aceptar la pérdida.
De este modo, la liberación femenina pone al descubierto la estructura de la castración simbólica, de cómo la vida se articula en torno a una falta y cómo tratamos de encontrar en los objetos, allá afuera, eso que hemos perdido. El pene sin vida encarna la re–articulación de lo simbólico en torno a la pérdida de lo que nunca se tuvo (el objeto a lacaniano).
Pero, ¿cómo se puede perder algo que nunca se tuvo? La respuesta la conoce muy bien Lorena Bobbit: simplemente, cuando se pierde lo que sólo tuvimos en apariencia. Un matrimonio en apariencia feliz, sostenido sobre la base de la subordinación femenina al significante–Amo (De la misma forma en que el soldado está dispuesto a dar la vida por la Patria, las mujeres pueden aguantar una vida entera de suplicios en nombre de Dios, su matrimonio y su familia).
En junio de 1993, cansada de todas las humillaciones y vejaciones a las que era sometida, Lorena Bobbit le amputó el pene a su cónyuge mientras éste dormía, para luego arrojar el miembro por la ventanilla de su auto. Luego del dramático suceso, Lorena se convirtió en toda una heroína entre las mujeres que ahora veían consumada su venganza contra los hombres a través de ella.
La castración de Jhon Bobbit es un gesto de negación y clausura de la dominación masculina. A partir de este momento, el sexo se desliga de la magia propia del amor romántico, pero es inmediatamente re–fetichizado en otro lugar. Se continúa creyendo en el sexo, el sexo continúa siendo posible, gracias a otro tipo de fetiches.
Esto es lo que representa la cosa–dildo, una prótesis, un suplemento artificial que permite la habilitación simbólica del sujeto. El dildo es un Falo recargado, re–simbolizado y objetualizado, que inaugura una nueva era, donde la artificialidad de la sexualidad es puesta de manifiesto por la técnica.

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