POR: GREGORY BARDALES PEREYRA.
Érase una vez un hombre que tenía la costumbre de usar zapatos muy ajustados. Cuando alguien le preguntó por qué hacía esto, él respondió: la vida ha sido muy cruel conmigo, mi esposa me abandonó, mis hijos murieron en un accidente aéreo, hace meses que no encuentro trabajo y la lista puede fácilmente multiplicarse; sin embargo, nadie puede arrebatarme la satisfacción de llegar a casa, luego de haber caminado todo el día, y quitarme los zapatos.
Parece que sólo hace falta algo de imaginación para ser felices. Si no tenemos ninguna posibilidad de cambiar las cosas, de cuando en cuando podemos autoinfligirnos un cierto castigo, someternos voluntariamente a algún tipo de maquinaria disciplinaria, sólo para experimentar lo bien que nos sentiremos cuando, por nuestra propia mano, aquel dolor cese en su accionar.
A menudo, ocurre que somos tan libres que ya no tenemos de qué liberarnos, un punto en el cual se hace necesario inventarnos algún tipo de opresión para volver a saborear la libertad: no nos viene mal alguna penitencia por nuestros pecados, afligir nuestro cuerpo en el gimnasio o, si gozamos de alguna fama, inscribirnos voluntariamente en el programa "Vidas Extremas", únicamente para experimentar el dulce alivio que sentiremos cuando se acabe el suplicio. Quien ha estado sin comer varios días, sabe, como nadie, lo delicioso que es el alimento que, por fin, puede llevarse a la boca; por ello, no nos viene mal un ayuno de vez en cuando.
Es inevitable traer a colación aquí, lo felices que somos cuando llega el fin de semana y nos liberamos de los trabajos insufribles que tenemos que realizar de lunes a viernes, o mejor todavía, cuando llega el fin de mes, cobramos nuestro sueldito, decoramos el depa, invitamos un chifita y luego alguito más. No es casualidad que la palabra "trabajo" derive etimológicamente del latín tripalium, que era un instrumento de tortura.
Otro tanto ocurre dentro de las llamadas iglesias de sanidad. Al inicio, asistimos a una de estas iglesias en razón de una enfermedad de la cual queremos sanarnos (sobre todo cuando no tenemos los medios para hacerlo en un centro de salud). El problema radica en que, una vez curados, pierde sentido seguir asistiendo; por ello, es vital que las enfermedades proliferen, que convirtamos nuestro cuerpo en una especie de hospedaje incondicional de toda clase de males, reales o ficticios, no importa, lo único importante es volver a experimentar la felicidad de ser sanados.
Llega un momento en que somos "curados" de un cáncer silencioso (que, por supuesto, no sabíamos que teníamos) o de un virus mortal que nunca tuvimos ocasión de someter a diagnóstico. En fin, si ya no nos quedan enfermedades, no hay problema en inventarnos unas cuantas, hacer uso de nuestro remedio mágico y, encima, dar gracias a Dios. Lógicamente, todo esto es muy conveniente para estos "pastores", que pueden seguir llenándose los bolsillos con los aportes pecuniarios de sus "ovejas"; ellos también, terminan siendo muy felices, qué duda cabe.
Si es remota nuestra chance de liberarnos de los poderes que nos oprimen, no hay problema, sólo imaginemos que tenemos un nuevo Amo, más grande y más terrible que todos los que ya controlan nuestra vidas, sometámonos a él como estamos acostumbrados a someternos, obedezcámosle como obedecemos a todos los otros, luego será muy fácil ser felices: sólo imagina que le cortas la cabeza.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario