viernes, 2 de diciembre de 2011

SOBRE LAS AGUAJERAS DE IQUITOS

GREGORY BARDALES PEREYRA
SOCIOLOGO 



En 1852, el célebre naturalista alemán Alexander von Humboldt bautizó al aguaje como “el árbol de la vida”, en sintonía con  la tradición de la etnia amazónica Yagua, que considera a este fruto como un símbolo de inmortalidad; sin embargo, ha sido recientemente que el aguaje ha despertado una creciente curiosidad entre los científicos con respecto a los muy variados beneficios que su consumo traería para la salud, los cuales van desde sus propiedades antioxidantes hasta su importancia en la inhibición del crecimiento de tumores en mujeres.

Paralelamente, cada vez es más fuerte la creencia popular que atribuye, al consumo de aguaje, las formas conocidamente exuberantes de la mujer amazónica, dado su contenido elevado de hormonas femeninas; incluso, no faltan quienes recomiendan a los varones no consumir demasiado aguaje porque podrían desarrollar inclinaciones homosexuales. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

Las Isoflavonas

Para comenzar diremos que, contrariamente a lo que piensa el sentido común, el aguaje no contiene hormonas femeninas; lo que sí contiene son sustancias conocidas como isoflavonas, que tienen una estructura molecular muy parecida a la de los estrógenos y que, en ciertos casos, cumplen con alguna actividad estrogénica, pero que de ninguna manera tal actividad podría ser comparable al efecto que tienen las hormonas producidas por la fisiología femenina.

Incluso los niveles normales de estrógenos de mujeres en edad fértil se verían reducidos frente a un consumo intensificado de aguaje. Así lo demuestra Carmen Cusco, en una investigación realizada en 2009 en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se concluye que la actividad estrogénica del extracto de aguaje inyectado en ratas en edad fértil disminuye sus niveles normales de estrógenos; sin embargo, lo que resulta interesante es que las isoflavonas del aguaje pueden constituirse en una fuente de actividad estrogénica en mujeres que ya no producen estrógenos: las llamadas mujeres posmenopáusicas.

Las Aguajeras

A pesar de tener una amplia distribución en todo el norte de Sudamérica y en el este de los Andes, el comercio del aguaje a gran escala sólo se observa en Iquitos.

Curiosamente, como bien lo anota Christine Padoch en su libro “El Aguaje en la Economía de Iquitos”, publicado en 1988, la venta del aguaje se encuentra, básicamente, a cargo de mujeres, conocidas como “aguajeras”.

Esta escasa incursión de varones como vendedores de aguaje se debería, según el estudio “Comercialización de Masa y «Fruto verde» de Aguaje en Iquitos”, publicado en el volumen Nº 12 de la revista Folia Amazónica del IIAP, a los patrones machistas de la sociedad ribereña y de la clase pobre de Iquitos, debido a que las actividades que no requieren de un gran esfuerzo físico, los hombres las consideran actividades propias del sexo femenino.

Sin desconocer que el tamaño del esfuerzo físico ha sido siempre un factor determinante para la división sexual del trabajo, habría que valorar primordialmente, para este caso en particular, la función social de la gestión del alimento que históricamente le ha sido asignada a las mujeres, con la consecuente confianza que despierta en el consumidor que esto siga siendo así; en efecto, culturalmente desarrollamos una mayor confianza en la limpieza del alimento si son mujeres las que estuvieron detrás de su preparación.

Vale la pena detenernos un poco más en considerar este punto y no ceder ante la tentación de la respuesta fácil que ve en el “machismo” la primera explicación de todas las cuestiones relativas a las diferencias sociales marcadas por el género.

Según datos del Círculo de Estudios e Investigación de la Facultad de Ingeniería Forestal de la UNAP, autores del estudio antes citado, las aguajeras suelen rebasar los 40 años, es decir, se trata de mujeres que tienen que lidiar con la carencia de estrógenos producto de la menopausia, etapa que se caracteriza, como sabemos, por la ausencia definitiva de la menstruación y la pérdida de la  capacidad de producir hormonas sexuales.

Si las aguajeras no sólo venden el aguaje sino que hacen del aguaje un componente indispensable de su dieta diaria (como sucede, en general, con cualquier persona o grupo familiar que se dedica a la venta de algún alimento), entonces se comprende por qué son precisamente estas mujeres las encargadas de vender este producto.

En el mismo estudio de la UNAP se proporciona otro dato que resulta muy valioso para respaldar esta hipótesis: las vendedoras de masa son, en promedio, más jóvenes que las vendedoras de «fruto verde», lo cual puede explicarse, dicen, por el mayor esfuerzo físico involucrado en la preparación de la masa.

Sin embargo, desde otra mirada, podemos llamarnos la atención sobre la diferencia fundamental entre un producto y otro: la masa de aguaje no es para consumo directo, sino que se encuentra embolsada para la posterior elaboración del refresco de aguaje, conocido como “aguajina”; en cambio, el “fruto verde”, sí se consume directamente, incluso por las propias aguajeras, que estando en una etapa posmenopáusica, les viene demasiado bien el consumo de aguaje, toda vez que las isoflavonas actúan como suaves sustitutos del estrógeno.

No sería mala idea que algún tesista de la UNAP se incline por estudiar la prevalencia, entre las aguajeras de Iquitos, de enfermedades asociadas a la menopausia como la osteoporosis, por ejemplo; los resultados nos arrojarían más luz sobre la validez de estas hipótesis.

La venta del aguaje: un negocio rentable.

Finalmente, el “Círculo de Estudios” recurre una vez más al machismo para explicar por qué, normalmente, los esposos o convivientes de las “aguajeras” no buscan empleo -como si se tratara de una relación de explotación de la fuerza de trabajo de la mujer-; no obstante, a renglón seguido, manifiestan que algunos de los varones prefieren ocuparse en ayudar a sus mujeres en el puesto de venta. Este solo dato nos obliga a cuestionar la hipótesis del machismo.

Puede ser que la venta del aguaje tenga tal centralidad en la economía familiar, en virtud de su rentabilidad[1], que los varones simplemente opten por articularse en torno a dicha actividad, incluso de manera dependiente, es decir, dependiendo económicamente de la mujer.

Padoch confirma esta versión cuando sostiene que la venta de aguaje provee los suficientes ingresos económicos para satisfacer las necesidades básicas familiares, inclusive para cubrir la educación de los hijos. Es notable corroborar que las aguajeras tienen a todos sus hijos e hijas, en edad escolar, estudiando en algún colegio, instituto e, incluso, universidad.

De ahí que, antes de recurrir al lugar común del machismo, nos sería muy útil examinar cuál es la naturaleza de las relaciones sociales de género al interior del núcleo familiar de las aguajeras: por ejemplo, ¿quién se encarga de tomar las decisiones importantes, sobre todo en lo relativo al gasto del dinero? Porque incluso podríamos estar justo en las antípodas, con mujeres proveedoras del sustento de la familia, alrededor de cuyo trabajo se organiza toda la economía del hogar y que, lógicamente, van cobrando mayor poder al interior del mismo.


[1] Según los propios datos proporcionados por el estudio en cuestión, de cada saco de aguaje se obtienen en promedio 22 bolsas de masa y 16 bandejas pequeñas de «fruto verde», cantidad suficiente para rendir utilidades más que decorosas, incluso superiores, en época de abundancia, al salario mínimo de un obrero de la actividad privada y, en época de escasez, el salario de un docente de universidad estatal.