Sociólogo
La marcha del “¡No a Keiko!” que convocara la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, días antes de la segunda vuelta, se quedó corta frente a la inmensa multitud que movilizó la “Marcha del Agua” el día de ayer viernes, 10 de febrero de 2012; irónicamente, esta vez se trató de un contundente “¡No a Humala!”.
Hace mucho tiempo que no veía una movilización de esta envergadura, semejante a las primeras marchas contra la dictadura de Fujimori a finales de los noventas en el epílogo del régimen. Ollanta no necesita una bola de cristal para ver cuál será su futuro si en lugar de escuchar al pueblo sigue escuchando la versión del país que vende el grupo “El Comercio”. Ladran los perros, Sancho… Diría el Quijote al leer el diario “Correo” de Aldo Mariátegui o al escuchar a don Jaime de Althaus en Canal “N”, ambos comprometidos hasta el tuétano en minimizar el tsunami ciudadano que se devoraba las calles.
Pero mucho más que el obvio papel que le toca jugar a la jauría mediática, ha llamado mi atención la curiosa presencia de batallones de caballería encauzando el contingente social de protesta. ¿Por qué la necesidad de sacar a la caballería? No dudo que existan razones “técnicas” que puedan justificarlo (de hecho, desde los sofistas griegos siempre hay una buena razón para justificar lo que sea), pero si le hubieran preguntado al Quijote, yo creo que él se hubiera inclinado a responder con el título de este artículo, porque a medida que avanzábamos, íbamos encontrando en el camino el excremento que nos dejaban los caballos de los policías.
Es curiosa la manera en que se desnuda el carácter de un gobierno cuando una marcha como ésta, obliga a las “fuerzas del orden” a sacar a la caballería. Los caballos van haciendo, fisiológicamente, lo que los amos de sus jinetes hacen políticamente; de ahí que no resulte extraña la facilidad con la que puede convivir con el excremento equino el muy bien alineado batallón de contención: ya ésta es una costumbre muy arraigada en los grupos de poder político.
Era como que se nos había colocado algunos obstáculos que debíamos ser capaces de sortear pero, también, paradójicamente –como en una versión libre de Hansel y Gretel–, se trataba de señales que nos mostraban el camino de regreso a casa.
Porque ayer el agua logró reunir en su seno a los diferentes movimientos sociales, gremios universitarios, sindicales, colectivos culturales, grupos religiosos y fuerzas políticas de izquierda, que representan los intereses de las clases trabajadoras: la inmensa mayoría desposeída del país.
En términos lacanianos, diríamos que el agua es el significante destinado a ser el Significante Amo que articule en su seno todos los intereses particulares fragmentados de las clases oprimidas, como un gran océano en el cual desemboquen todos los ríos de todas las luchas específicas, aunque no tengan la problemática medioambiental como su eje principal. Y, si el agua es capaz de este milagro, cuánto más también será capaz de lavar el sendero que nos enmierdaron los poderosos con su indolencia y su avaricia.
La lucha del pueblo de Cajamarca es la lucha del Perú, porque sintetiza todas las luchas históricas de los peruanos explotados frente a la clase dominante. Ahora sabemos que éste es el camino, que no nos desvíe ni nos confunda la caca que vayamos encontrando a nuestro paso.

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